Los niños no nacen con un manual de instrucciones bajo el brazo, y es que la educación es una tarea complicada para la que nadie nos ha preparado. Por eso es útil tener en cuenta las recomendaciones que los expertos hacen al respecto. En el siguiente reportaje se recogen algunos consejos para evitar los errores más frecuentes que cometemos a la hora de educar a nuestros hijos.
Los 12 errores más comunes de los padres
Mayte Rius
Artículo publicado en LaVanguardia.com, 22/02/2013
La educación de los hijos provoca muchas inseguridades y no pocas angustias a muchos padres. ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Debería haberle castigado? ¿Me habré pasado de duro? ¿Seré demasiado blando? ¿Cómo logro que me obedezca? Psicólogos y pedagogos explican que quizá restaría presión a los progenitores modificar sus expectativas: en lugar de aspirar a hacerlo todo bien, plantearse no hacerlo mal y, sobre todo, evitar los errores más dañinos a la hora de educar. Con la ayuda de Javier Urra –pedagogo, doctor en Psicología y Enfermería, y durante años Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid–, de Victòria Gómez –orientadora familiar y vocal del Col·legi de Pedagogs de Catalunya–, y de Julio Fernández Díez –psicólogo escolar, catedrático de orientación educativa y autor de Errores en la educación de los hijos (Pirámide)– hemos identificado los 12 errores que se consideran más comunes y perjudiciales a la hora de educar a los hijos. Son estos:
1.
Disparidad entre los padres. La falta de unidad de criterio entre las figuras de autoridad es uno
de los grandes lastres para educar. De entrada, porque si el niño recibe
mensajes contradictorios, si sus progenitores se desautorizan
entre ellos, no sabe a quién hacer caso y se siente perdido, sin referencias claras. Y porque a medida que crecen
aprenden a utilizar esas discrepancias o diferencias de criterio para hacer lo
que quieren. “Siempre es mejor equivocarse juntos que acertar por separado”,
resume Victòria Gómez, para quien frases tan populares como “pregúntaselo a tu
padre” o “lo que diga tu madre” son un error. “Cuando piden algo y no se tiene
un criterio claro o único, lo mejor es decirles ‘ya lo hablaremos y te daremos
la respuesta’, para que vean que la familia es un bloque”, apunta.
2.
Sobreproteger. Aseguran los educadores que éste es uno de los errores más frecuentes
en la sociedad actual. Los padres asumen muchas tareas de los hijos, estudian
con ellos, les disculpan ante el profesor,
intervienen antes de verles sufrir las consecuencias de una mala decisión, les
dicen constantemente lo que han de hacer, organizan toda la vida familiar a su
alrededor, les evitan disgustos… “Esta sobreprotección
resulta muy perniciosa porque hace ciudadanosdependientes y
a veces muy tiránicos, porque crecen pensando que el mundo gira a su alrededor,
que son los reyes de la casa, no uno más de la familia”, advierte Javier Urra.
La sobreprotección provoca personas inseguras,
incapaces de tomar decisiones y de enfrentar las dificultades y contratiempos
diarios, que no saben asumir las consecuencias de sus actos y con problemas de
autoestima. Julio Fernández asegura que la sobreprotección es un error clásico
a la hora de educar porque estamos preparados genéticamente para proteger la
prole, como hacen otros animales con sus crías. “La infancia en la especie
humana es muy larga, y para criar a un niño durante tantos años en medio de la
sabana había que sobreproteger mucho; pero esa sobreprotección comenzó a
resultar excesiva cuando la vida cotidiana se hizo menos peligrosa, y de ello
dan cuenta historias como la de la Bella Durmiente o la del Príncipe Siddharta;
lo que ha cambiado es que esa obsesión de los padres por salvaguardar a su hijo
de todo mal que se atribuía y criticaba a príncipes y personajes de alta
alcurnia hoy se ha generalizado a toda la población, y de ahí el actual
síndrome del emperador”, explica.
3.
Transmitir desprecio. Frases como “ya sabía que lo ibas a romper”, “eres idiota”, “pareces
tonto”, “no vales para nada”, “siempre me defraudas” o “no sé para que te he
tenido” resultan muy dañinas para
los hijos. Gómez enfatiza que no hay que faltar al respeto a
los hijos ni ponerse a su altura cuando se enfadan: “Los padres no deben perder
los papeles, han de controlar su actitud por mucho que el hijo les provoque;
hay que estar por encima de ellos y no comportarse como un crío o como un
adolescente, y perdonar con facilidad, no entrar en guerras del tipo ‘como él
no me habla yo tampoco’”.
4. Falta de continuidad. Los expertos advierten que un fallo habitual de los padres es dejarse llevar por su estado de ánimo a la hora de educar, de modo que permiten o no determinadas conductas en función de que estén más o menos cansados, contentos o enfadados. “Hay que tener conciencia de que estamos educando siempre, no en momentos concretos”, señala Gómez. Julio Fernández subraya que, ante los hijos, los padres son la autoridad, de forma que no deberían comportarse de forma arbitraria sino ecuánime y racional.
4. Falta de continuidad. Los expertos advierten que un fallo habitual de los padres es dejarse llevar por su estado de ánimo a la hora de educar, de modo que permiten o no determinadas conductas en función de que estén más o menos cansados, contentos o enfadados. “Hay que tener conciencia de que estamos educando siempre, no en momentos concretos”, señala Gómez. Julio Fernández subraya que, ante los hijos, los padres son la autoridad, de forma que no deberían comportarse de forma arbitraria sino ecuánime y racional.
5.
Castigar mal. Poner sanciones desproporcionadas o sin lógica, imponer castigos
imposibles, hacer promesas inalcanzables o que
no se cumplen son errores muy habituales y muy nocivos a la hora de educar. Si
los castigos no se aplican por imposibles o por dejadez, los padres pierden
autoridad y transmiten la idea de que sus normas pueden quebrantarse
fácilmente. “Es mejor ser moderado en el
castigo y llevarlo a la práctica, y en lugar de castigar al adolescente sin
salir todo un mes o exigirle que estudie cinco horas diarias, limitarle a una
hora la conexión a las redes sociales o a la videoconsola”, ejemplifica
Fernández.
6.
Prometer y no cumplir. Los educadores también alertan contra las promesas o premios
inalcanzables, que además de decepcionar acaban
desincentivando. “A veces prometemos comprarles el móvil o la bici si sacan
buenas notas, y esa es una condición muy
ambigua, de modo que quizá el chaval se esfuerza pero al final le decimos que
no, que los notables no cuentan, que se esperaban de él sobresalientes, o que
aunque sus notas son buenas no tendrá el premio porque se ha portado mal con su
hermano, y el niño se frustra y deja de trabajar”, explica Julio Fernández. Y
añade que en muchos casos se amplía aún más el error cuando luego, en un
momento de arrepentimiento, esos mismos padres (o los abuelos), le acaban
comprando el móvil o la bici sin haber conseguido el reto propuesto.
7.
Comparar entre hermanos. Todos los padres saben que cada hijo es diferente. Sin embargo, a la
hora de educarlos no siempre los tratan de forma diferente. Lo habitual es lo
contrario, que se esfuercen en tratarlos por igual y que, a menudo, los
comparen. Pero, advierten los expertos, cada hijo requiere una educación distinta, un trato individualizado y
que le dediquen un tiempo a solas, entre otras razones para poder conocerle y
saber cómo hay que tratarle. “Las comparaciones continuadas entre hermanos
suscitan celos, envidias y dañan”, alerta Javier Urra.
8. No
poner límites. Los expertos explican que muchas veces los padres no tienen un proyecto
claro de cómo van a educar a sus hijos, cuáles son las normas mínimas que van a exigir, y van
improvisando, de modo que no siempre son coherentes en sus criterios. “Mientras
son pequeños trampeamos los problemas que van planteando, y en la adolescencia se
pierde el control, se les quiere poner normas, y entonces ya es tarde”, comenta
Victòria Gómez. Julio Fernández subraya que muchos padres priorizan la paz
familiar por encima de todo y eluden su obligación de poner límites porque eso
lleva en ocasiones al conflicto.
9. Ser
amigos de los hijos. Los psicólogos advierten que los padres son la figura de autoridad para el hijo y es un error tratar de ser
amigos suyos en lugar de ejercer de padres. También desestiman los estilos
educativos muy permisivos o aquellos que lo negocian todo. “El estilo
democrático está bien para algunas cosas, como para decidir dónde se va de
vacaciones, pero se ha magnificado y hay cosas que no se negocian, como el horario de estudio, el ir con
cinturón en el coche o comportarse bien el supermercado, ahí ha de ser el padre
el que ejerza la autoridad”, reflexiona Fernández. En su opinión, este tipo de
errores se han extendido de la mano de lo que denomina “leyendas urbanas sobre
educación”, informaciones del ámbito de la psicología que en un momento dado
tuvieron vigencia y luego se demostró que no son ciertas pero continúan en la
imaginación colectiva, como que no hay que castigar para no traumatizar, que
hay que potenciar al máximo la autoestima o que Einstein era mal alumno a pesar
de su inteligencia, ejemplifica.
10.
Malos ejemplos. “Los padres no pueden pedir al hijo que se controle o que no pegue si
lo que le transmiten es que de vez en cuando a ellos ‘se les cruzan los
cables’, insultan al del coche de al lado, o están siempre criticando; tampoco
pueden exigirle que termine lo que empieza o que cumpla las normas si ellos no
lo hacen”, dicen los expertos. La incongruencia entre
lo que se dice y se hace “resulta muy negativa, quita fuerza moral y deslegitima”, apunta Urra.
11.
Negatividad. El que fuera Defensor del Menor de Madrid cree que es un grave error
no transmitir a los hijos ilusiones, dilemas vitales y amplitud de miras.
Advierte que cuando los padres son muy depresivos o
negativos y los hijos crecen oyendo todo el día críticas sobre los demás y
escuchando que no hay que fiarse de nadie, que los otros son dañinos, “eso
repercute en su carácter, que acaba siendo despótico,
lastimero, paranoico u ofensivo”.
12.
Hacerlos mayores antes de tiempo. Un error muy actual de los padres es acortar la infancia de sus hijos, hacerles mayores
antes de tiempo. “Se detecta en la forma de vestirlos, en dejarles ponerse un
piercing o adoptar comportamientos de adulto desde muy pequeños, en encontrar
divertido y alentar que tengan novias o novios, en permitir que con 14 años
tengan horarios de fiesta intempestivos…”, indica Fernández. Y subraya que el contrasentido es que a ese mismo chaval al que se
deja salir de noche, se le prepara el desayuno y se le tramita la matrícula del
instituto. “Por un lado les hacemos muy mayores, y por otro no les dejamos
crecer, no les damos responsabilidades propias
de su edad”, concluye.
He leido con mucha atención estos consejos.
ResponderEliminarGracias.