viernes, 8 de junio de 2012

Educar no es pegar

Aún hay quién piensa que a veces es necesario pegar para educar, pero los expertos insisten en que la violencia contra los niños y niñas comporta numerosos efectos negativos. La ONG de protección de la infancia Save the Children ha hecho público el informe "Más allá de los golpes: Por qué es necesaria una ley? Informe sobre la violencia contra los niños y las niñas", en el que define la violencia contra la infancia como "toda forma de perjuicio o abuso físico, mental o emocional, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, incluido el abuso sexual". Reproducimos aquí un extracto de este documento, en el que se recogen las secuelas de la violencia en diferentes áreas del desarrollo.

[Extracto del informe "Más allá de los golpes: Por qué es necesaria una ley? Informe sobre la violencia contra los niños y las niñas", publicado por Save the Children. Mayo 2012]

Es común que las consecuencias de vivir un acto o repetidos actos de violencia sean similares, independientemente del tipo que sea. Algunas de las consecuencias habitualmente asociadas a la violencia son las siguientes:

• Cognitivas
Sin necesidad de fuertes golpes o lesiones, la exposición recurrente de niños y niñas a situaciones violentas causa deterioros cerebrales y del sistema nervioso y neuropsicológico (Watts-English 2006). La constante sensación de miedo e incapacidad para predecir el comportamiento de los otros en su ambiente contribuyen a la hiperestimulación de ciertas áreas del cerebro así como al daño de las conexiones neuronales. En general, es posible que la violencia experimentada de manera continua genere la disminución de la eficiencia del cerebro, manifestando como consecuencias dificultades de memoria y aprendizaje o trastornos de hiperactividad o déficit de atención (Appleyard, 2005), lo que suele tener consecuencias en el rendimiento escolar.

• Emocionales
Los niños expuestos a situaciones violentas tienen más probabilidades de presentar trastornos depresivos, ansiosos y psicosomáticos (Moylan, 2010). Asimismo, estudios muestran que son más propensos a emociones negativas como la rabia y la disociación, como mecanismo de defensa ante las situaciones de violencia vividas (Lawson, 2009). Por otro lado, la violencia afecta la competencia social de los niños y las niñas, así como a su autoimagen y sus relaciones con otros (Appleyard, 2005). Es común que en sociedades donde los niños y las niñas sufren situaciones de violencia que no son detectadas o que son toleradas, estos presenten dificultad para identificar sus emociones, hablar de ellas o controlarlas, lo que muchas veces limita su capacidad de identificar y reconocer las emociones de otros y empatizar con ellas (Schaffer, 2009). Todo ello aumenta las probabilidades del aislamiento y los sentimientos de miedo e incapacidad para confiar en otros (Maldonado, 2007).

• Físicas
Los efectos físicos inmediatos de la violencia pueden ser relativamente pequeños o pasajeros, como moretones o cortes, o severos y permanentes, como fracturas o hemorragias. Dentro de las consecuencias físicas es habitual el “síndrome del niño sacudido”, especialmente en niños y niñas de corta edad, como un conjunto de manifestaciones de la violencia física que incluyen vómitos, dolor al respirar, convulsiones, conmoción cerebral y a veces la muerte (Maldonado, 2007). Las investigaciones al respecto demuestras que los niños expuestos a la violencia en general son más propensos a dolores somáticos y a tener problemas recurrentes de salud (Lawson, 2009). Algunos estudios señalan que los adultos que fueron víctimas de violencia durante su infancia tienen más probabilidades de padecer problemas físicos como la artritis, asma, bronquitis, úlceras o alergias (Springer, Sheridan, Kuo, & Carnes, 2007).

• En el comportamiento
Las manifestaciones conductuales de la violencia pueden expresarse por omisión o por exceso. Algunos niños y niñas manifiestan comportamientos disruptivos y violentos, escondiéndose bajo una imagen de dureza (Moylan, 2010), mientras que otros presentan poca iniciativa y se muestran retraídos (Turner & Muller 2004). De igual manera, pueden mostrarse temerosos ante las situaciones sociales, ya que el comportamiento violento del entorno no permite establecer patrones predecibles de conducta para los otros (Grusec & Goodnow, 1994). Asimismo, las agresiones de las que han sido víctimas puede llevar al niño a imitar el comportamiento violento y hace más probable que reproduzca ese patrón en sus relaciones interpersonales, incluso con sus padres o cuidadores (Brezina, 2000). Pueden entender e interiorizar la violencia como una respuesta eficaz e incorporarla a sus relaciones (Straus, 2001). Los niños que sufren alguna forma de violencia tienen más probabilidad de desarrollar comportamientos de bullying o acoso a otros niños y comportamientos violentos con sus pares (Wolfe, 2009), así como de sufrirlos. Algunos estudios establecen la relación entre la violencia sufrida y las conductas delictivas, el embarazo no deseado o el consumo excesivo y precoz de drogas y alcohol (Maldonado, 2007).

• Sociales
Las consecuencias de la violencia en los niños y las niñas no sólo afectan a estos y a su relación con su entorno familiar y cercano. La violencia contra la infancia es un problema social. La Organización mundial de la salud (2009) ha señalado que la exposición a diversas formas de violencia durante la infancia está asociada a factores y comportamientos de riesgo en la edad adulta. Entre estos se encuentra una gran vulnerabilidad frente a la revictimización, ya que el trauma generado por la violencia en la niñez es muchas veces disociado impidiendo cualquier posibilidad de procesamiento y elaboración de respuestas para evitar su repetición (Hulette, 2011). Los niños y las niñas expuestos a la violencia son más propensos a la depresión, tabaquismo, obesidad, comportamiento sexual de alto riesgo, problemas de adicción y a las enfermedades en las que estos factores de riesgo normalmente degeneran (Goodman, 2010). Puede decirse, por tanto, que la violencia contra los niños y las niñas genera un alto coste social y de salud pública.

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